LITERATURA DE VIAJES – SERGIO GONZALO

Presentación y firma de autógrafos de la obra»Mosaico. Historias, ambientes y gentes del mundo», en Madrid.

Sergio Gonzalo, es un autor madrileño que ha construido su pasión por la lectura, la escritura y los viajes desde temprana edad. Es un conocedor de la literatura del mundo, tanto así que puede exponerte en detalle las particularidades literarias de obras representativas de algunos países del mundo.  En el 2021 pública su primera obra, en ella retrata las experiencias que han marcado su aventura como viajante, convirtiéndola en una muestra de la astucia que tiene para leer el mundo y representarlo a través de la escritura.  

FRAGMENTO DEL RELATO “DE ESPÍRITUS Y PLANTAS DE LA SELVA”, QUE TRANSCURRE EN LETICIA AMAZONAS (COLOMBIA)

Tras presentarnos, comenzamos a caminar por la carretera que se dirige a Tarapacá – una ciudad que se sitúa ciento sesenta y dos kilómetros al norte-, o mejor dicho, que pretendía llegar a esa ciudad, pero que la selva no permitió terminar. Walter –a quien en la zona se conoce más como “Panero”- y yo hablamos sobre la etnia de indígenas huitoto, a la que él pertenece, y sobre algunas de sus costumbres y tradiciones. Dejamos la carretera y nos adentramos en la selva, y lo hacemos por donde ni siquiera parecía haber un camino. Pasamos por una zona encharcada -consecuencia de las doce horas seguidas que llovió ayer- que solvento sin problemas gracias a las botas de caucho que me han prestado en el lodge. De vez en cuando se cruza algún ave vistosa, y con frecuencia escucho la voz de ese pájaro cuyo canto suena muy similar a la caída de una gota de agua, que todos los días escucho al amanecer desde el bungalow en plena selva en el que estoy durmiendo. De repente, Walter se detiene para mostrarme un árbol del caucho. Con un halo de misterio, rasga el tronco con una uña, y en seguida aparece un líquido blanco y viscoso que, procesado de la manera adecuada, permite la obtención del material que tanta devastación natural y humana ha causado en el Amazonas en los siglos pasados. También me muestra un ejemplar de bejuco, la planta trepadora capaz de proporcionar agua en mitad de la jungla, y de otra curiosa especie que responde al roce con cualquier cuerpo extraño encogiendo sus hojas rápidamente alrededor del tallo.

El camino se hace más difícil por momentos. Pasamos por charcos en los que el agua llega cerca del borde de la bota de caucho, zonas en las que la profundidad es aún mayor y por las que hay que pasar en equilibrio sobre troncos de árboles, y tramos en los que el suelo resbala. Mientras avanzamos, Walter me cuenta que el animal más peligroso con el que se ha encontrado es, sorprendentemente, el oso hormiguero, cuya tremenda fuerza al parecer le hace temible. También ha tenido problemas serios con los escorpiones. Pasado un rato nos sentamos a descansar en un pequeño claro, y aprovecho para sacar y comer la banana que llevo en la mochila y para echarme repelente de mosquitos. Desde que en el lodge me hablaron de una variedad de mosquitos que cuando pican depositan en la piel unos huevos que derivan en un salpullido, intento tener cuidado con ellos. Reanudamos la marcha, de la que según Panero no queda mucho, cuando empieza a llover, y todo lo rápido que puedo, saco el chubasquero y lo coloco por encima de la mochila. El dosel de la selva atenúa mucho la cantidad de agua que cae, pero aun así, no tardo en notarme completamente calado. De pronto Walter se detiene y señala un agujero en el suelo. Me dice que es hogar de tarántulas. Busca por la tierra, y encuentra un palo que introduce en el agujero. No tarda en salir una peluda araña, que se aferra al palo con firmeza.

Llegamos a una pequeña aldea. El espacio por el que se extienden las construcciones no es grande, y apenas consta de la enorme maloka, el lugar en el que se celebran las reuniones convocadas por el abuelo de la comunidad, y de dos cabañas construidas en madera y hojas de palma que hacen las veces de viviendas y dormitorios. Me reciben un hombre de edad avanzada, dos mujeres de edad indefinida y un chico de unos veinte años que luce unas modernas gafas; es un joven que, tras haber estudiado en la universidad, tiene un empleo fijo en Bogotá, y solo ha regresado a visitar a su familia por unos días. Dentro de la maloka, me muestran sus distintas partes: el lugar en el que se sienta el abuelo en las reuniones, rodeado de algunos de sus allegados, la cocina, o la parte en la que se suele elaborar el mambe, un preparado de hoja de coca y semillas de otra planta de la selva, todo ello machacado y cocinado de la manera conveniente, que disfrutan en algunas celebraciones especiales.De nuevo afuera, observo la chacra o huerta, en la que las diferentes plantas cultivadas están intercaladas entre sí para evitar que toda la cosecha de una de ellas se eche a perder si un animal acude a darse un festín.

Llega la hora de comer, y una de las mujeres de la aldea cocina para nosotros, envuelto en hojas de banano, un pescado del río Amazonas llamado arenga. Disfrutamos de él, solo molestados por los mosquitos, y cuando terminamos, intentamos acercarnos al río Tacana. Pero no llegamos lejos, porque el camino está inundado hasta tal nivel que el agua nos llegaría por la cintura si continuáramos. Volvemos a la aldea, recogemos algunas cosas que habíamos dejado secándose y emprendemos la vuelta. Ahora hacemos un trayecto diferente, más corto, y salimos a una carretera, desde la que Walter llama a amigo para que venga a recogernos. De nuevo en el lodge, me ducho, y charlo con un nuevo huésped, un chico colombiano que acaba de llegar de una excursión de tres días por la selva, con tramos en los que el agua les llegaba por el pecho, según me cuenta.

  • En un rato he quedado con alguien que va a mambear –hacer mambe- para mí. No sé quién es, me lo han buscado en el lodge. Puedes venir si quieres –me dice.
  • Claro.

Cuando anochece, nos dirigimos a la zona del complejo que le han indicado. Allí, junto a un enorme perro, está… ¡Panero!. Me saluda, sorprendido de verme otra vez. Definitivamente, es el chico para todo en el lodge. A su lado flamea una hoguera, y en su regazo descansa un recipiente que ya tiene algunos de los ingredientes del mambe, que ahora machaca. Nos cuenta que pudo llegar a ser chamán, y que hace tiempo su familia tuvo problemas con un espíritu de la selva, que durante unos días estuvo molestándoles en su casa y los alrededores. Es también un buen contador de historias, y me reafirmo en que que ha sido el mejor acompañante que podía haber tenido durante el día de hoy.


Sergio Gonzalo Rodrigo es escritor, investigador y especialista en viajes. Tiene 39 años y es español (vive en Madrid). Desde pequeño cultivó la afición por leer y por viajar, así como por la interacción que se puede generar entre la literatura y el viaje. Sus influencias principales son los escritores Javier Reverte, Antonio Pizaco y Suso Mourelo. “Mosaico. Historias, ambientes y gentes del mundo” es su primer proyecto literario, publicado en el 2021; aunque ya están en marcha el segundo (un libro a camino entre la literatura de viajes y el ensayo) y el tercero (un libro de ficción). Sergio también es promotor de los proyectos Literatura del Mundo (una web que repasa la literatura de los distintos países del planeta) e Innoviajando (un blog que trata de ofrecer recursos novedosos para la preparación y el aprovechamiento de los viajes), y también realiza trabajo de investigación sobre el viaje como actividad y como fenómeno.


Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución 4.0 Internacional.

Un comentario sobre “LITERATURA DE VIAJES – SERGIO GONZALO

Agrega el tuyo

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Web construida con WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: